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ANTE EL SUICIDIO DE JOSE BARAVALLE, CON ABSOLUTO DESPRECIO PDF Imprimir E-Mail
viernes, 05 de septiembre de 2008

Ante el suicidio de José Baravalle, El Pollo,
                    CON ABSOLUTO DESPRECIO.

Jorge Luis Borges, con perdón de la palabra, en uno de sus célebres poemas orilleros, decía:

una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Al revés de lo que pasa en esa historia, de ínfimas ilusiones de grandeza atribuida a lo que hoy llamaríamos lúmpenes, está procesándose la sordidez de un individuo como parte de una épica reciente: la de los años 70.
Tal el caso de José Baravalle, el Pollo, un traidor a todos los principios,  que sirvió a los represores instalados en Dorrego y San Lorenzo, en el Servicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe, a la orden de Agustín Feced, su jefe e inspirador sin duda.
Unos días de tortura bastaron para que Baravalle se convirtiera en delator, torturador, violador, verdugo de sus compañeros.
Nada de lo que pueda decirse sobre él aminora su condición de escoria humana, que burlándose hasta el final de la lucha popular, se mata en Italia el día miércoles 21 de agosto, cuando estaba a punto de ser apresado para traerlo nuestro país junto con La Corcho, su mujer y también basura del mismo tacho. Hecho como por encargo para que no exista siquiera la oportunidad de requerirle información que todo el pueblo necesita.
Estas situaciones ya son casi un clásico. Febres, Navone, Baravalle. A vista y paciencia infinita de los Jueces cómplices de la impunidad, los más siniestros personajes se suicidan con todo el tiempo del mundo. No es que alguien deba preocuparse por la extinción de algo tan repugnante como estos genocidas. El problema es que hay que verlos como lo que son: una pieza de prueba muy especial (porque si traicionaron ayer no hay porque pensar que no traicionarían ahora a sus actuales amigos) y, de hecho, imputados de genocidio que necesariamente deben ser castigados. Y el Pollo no era precisamente un sujeto inhallable. Todo lo contrario. Tenía fluidas vinculaciones con Rosario, cosa que se pone de manifiesto en estos días, cuando una verborragia extraordinaria acomete a mucha gente que debió hacer de sus conocimientos una militancia hace ya tiempo.
El estado confusional en que pretenden encontrarse algunos que han opinado sobre el tema, debe restringirse a eso y nada más. No debe ser entendido como una válida caracterización de lo que es la honra militante y la traición. 

 

Baravalle no es un “quebrado”, es decir alguien que bajo tortura y desde su propia debilidad, desprecia la vida de otros compañeros y de su propia organización de lucha, sentenciando a muerte con la delación a otros por la miserable soberbia de salvarse del dolor o de la muerte.
Si esta actitud ya es despreciable, la del Pollo, que se sumó a los genocidas con un entusiasmo que muchos sobrevivientes testimoniaron desde hace años, es sin el menor atisbo de duda, para la más rigurosa condena. Una condena como la que en estas tierras aledañas  al Río de la Plata, se ejecutó con el Oso Rainer.
Un uruguayo combatiente de los 70 dijo, hace no mucho, de un traidor a los Tupamaros, Amodio Pérez: “Él continúa viviendo su eterna espera de la guadaña vengadora. En determinadas circunstancias, la venganza es un simple acto de justicia.”. En todo caso esto es lo que debería esperanzar al buen entendimiento de la militancia honesta y consecuente. Esto es lo que debería también alentar al pueblo para que participe en esta batalla por el castigo.
Es que estas cosas no son para simplificar en la ambigüedad que todo lo ampara, hasta la injusticia a nuestros caídos. 

Y por todo esto no podemos admitir  homenaje alguno, como el que un ex concejal que estuviera vinculado a uno de los más sonados casos de corrupción en la ciudad (caso Fibraca) hace desde una carta publicada en La Capital (http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/08/30/noticia_5065.html). El elogio de la degradación humana más repugnante se resume en el final del texto.
” La ida de José es una actitud digna y consecuente con la de ese joven que conocí hace 39 años, que "melonié", convencí, involucré; de aquel joven que lleno de ilusiones y alegrías dejó todo en aras de una causa que nos obnubiló a muchos, pero que el hecho de no poder soportar la tortura terrible que padeció lo tuvo desde ese entonces sin paz. Ahora ya la encontró. Lisandro Brebbia.”

A la deliberada acción de negar hasta lo más elemental, el conocimiento del destino de los cuerpos de los que asesinó por ejemplo, este cultor de la infamia le llama “una actitud digna y consecuente con la de ese joven que conocí hace 39 años”. Es tal la hipocresía y complicidad de este cultor del genocidio, que dice más arriba:
Pasó lo que pasó, es así, como es absolutamente válido el derecho de justicia de todos los familiares de nuestros compañeros.”. De hecho que la “la actitud digna” del asesino no se conjuga con que “ es absolutamente válido el derecho de justicia de todos los familiares”. Todo lo contrario: si hay algo en que todos los que han hablado del tema coinciden, es en que se llevó a la tumba información valiosísima que no quiso dar.

No podemos admitir que  “Desde el Colectivo de ex presos políticos…” ( ver http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-15010-2008-08-31.html ), se nos adoctrine diciendo:

"no es cómo los juzgamos a la Corcho y al Pollo, sino tratar de entender en qué proceso político social y en que proceso de fractura moral se dan esos casos, porque no son todos iguales. Para mí ellos dos son casos distintos a los de Victoria (Nilda Folch) y el Caddy Chomicky. Lo que puedo decir que gente como Baravalle y como Porta, han pasado por una tortura previa: no fueron a las puerta de la Jefatura a ofrecerse para torturar a sus compañeros. Esto no intenta justificar lo que hicieron después, sino que intenta que quienes los juzgan intenten comprender los tiempos en que ocurrió. La tortura durante un solo día, nos transforma en un animalito, en alguien que responde con su espíritu de supervivencia. Los que hemos pasado por algo menos grave que esto, en esos momentos cuando somos llevados al límite de la condición humana, sabemos que surge de nuestro interior lo mejor y lo peor que tenemos. La razón ya no existe, y respondemos con nuestro espíritu primario. Cuando el Pollo decidió después de todo eso colaborar con los militares ya no era el Pollo. Al Pollo que yo conocí lo mataron, al igual que la Corcho ya no fueron las personas que yo conocí".

Y decimos que no podemos admitir que se nos adoctrine ni que se adoctrine a los que realmente no renuncian ni renunciarán a la lucha, porque esa es la Doctrina de la Reconciliación. La que admite hasta la inmoralidad como cosa circunstancial, cuando para un militante comprometido, la moral revolucionaria es el resumen de todo lo que aprendió, practica y proyecta.
¿Cómo es eso de “"no es cómo los juzgamos a la Corcho y al Pollo, sino tratar de entender en qué proceso político social y en que proceso de fractura moral se dan esos casos.”?. Claro que se trata de cómo los juzgamos. Es más: precisamente de eso se trata. De “entender” los procesos políticos y las “fracturas” (o sea, “quebraduras”) precisamente deviene que se trata de “cómo los juzgamos”. Lo demás es como sentarse averiguar los crímenes por puro divertimento o morbo, como parece ser el caso de esta afirmación. A menos, claro está, que sea parte de una disculpa que extienda un piadoso manto de olvido –y por lo tanto de mentira- sobre todo y todos.
Esto no intenta justificar lo que hicieron después, sino que intenta que quienes los juzgan intenten comprender los tiempos en que ocurrió.”. Hace 32 años por lo menos que empezamos esas averiguaciones para “comprender los tiempos en que ocurrió” y de hecho, hemos “comprendido” muy bien de qué se trata. Así que no permitimos a nadie la soberbia de venir a darnos lecciones de “comprensión”. Y por eso mismo juzgamos.
Ahora, si se trata, como pareciera, que el pedido de “comprensión” está destinado a juzgadores oficiales, a los Tribunales que deben sentenciar en estas cuestiones; si se trata de un aporte al oscuro movimiento que se está desarrollando en procura de indulgencia para los colaboracionistas, si se trata de eso, decimos claramente que con todas nuestras fuerzas nos vamos a oponer y que desde ya denunciamos que existen reticencias nacidas desde los mismos que debieran impulsar las condenas a estos traidores, las cuales esperamos que no se concreten al momento de hacer efectivas las acciones (por ejemplo claras y fundadas acusaciones judiciales), es decir, al momento de la apertura de los juicios orales. Nos oponemos, y de ahí nuestra consigna, a cualquier forma, por refinada que fuera, de reconciliación con el enemigo genocida o cualquiera de sus elementos.

No podemos admitir que un ex funcionario de Derechos Humanos diga: “Es verdad que el Pollo torturó y violó y bajo ninguna excusa puede ser comprendido -agrega el ex subsecretario de derechos humanos. "A mí me causa mucho dolor, y siento que por un lado es una víctima más, y por otro lado sé que también cometió los mismos delitos que los represores. Cuando escucho a sus víctimas denunciarlo, los respeto. No le podemos escapar a la verdad, más allá de lo que nos genere. No podemos esquivar la memoria y la justicia y si cometió delitos, deben ser enjuiciados igual que el resto".( http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-15010-2008-08-31.html).

Así que siente que el Pollo es víctima y verdugo. Dos en uno. Como una “promo” de la Historia, digamos. Si, como siente el ex funcionario, es una víctima, qué hacemos?. Vamos y lo agregamos a la lista de víctimas de la Dictadura?. Lo ponemos junto a Daniel Gorosito, a Tito Messiez, a Santucho?.

Y a la vez, qué hacemos con la lista de represores? Por ejemplo, tomando la más conocida:

José Baravalle (Pollo):
Imputado como integrante de grupo de tareas en CCD Jefatura de Policía de Rosario, Santa Fe, Legajo de CONADEP 94277.

A ver, ¿qué hacemos? Le ponemos un agregado que diga “ver listado de víctimas”? Le ponemos “integrante del grupo de tareas”, pero no tanto?. Le adicionamos “más víctima que esto que acá dice”? Lo borramos directamente de esta lista?

Cuando alguien se pasa al campo enemigo puede preguntarse por qué ha sido. Pueden averiguarse los motivos, escudriñar su podrida alma, hacer una disección de las condiciones generales y particulares, pueden hacerse las correspondientes autocríticas, pueden hacerse estupideces como hacer entrar por el estrecho agujero de la traición desde la sicología hasta el materialismo dialéctico. Es decir, puede bastardearse hasta la ciencia y sacrificar la realidad en el altar de la “comprensión”. Allá cada quién con la responsabilidad de lo que concluya. Allá cada quién con el daño que haga a la causa popular. Allá cada quién con la conducta que asuma en particular. Allá cada quién con la reconciliación que propicia su levedad de argumentos, que no por leves, cuando son muchos, dejan de tener nefastos efectos. Allá cada quién con dispensarse de pasar de acusador -obligación primordial si se es fiel a los caídos- a “comprensivo”.
Lo que no puede hacerse es dudar de que es un enemigo. Y encima, enemigo por traidor. Y eso es peor todavía.
Como no hemos de morir hipócritas, damos a las cosas su preciso nombre.
Baravalle es un perfecto hijo de puta, y no es de ahora.

Quienes no confundimos la memoria con la melancolía, con la simple reiteración de una liturgia, sino con la preparación de un tiempo de castigo, queremos el castigo al traidor por traidor, por genocida.

Como sabemos que existe un snobismo populista que ha condenado a Borges -propicio para ello, no cabe duda- pero ha ensalzado a otro comensal de aquel famoso almuerzo con Videla y el General Villarreal, aquel 19 de mayo de 1976, junto al cura Castellani y a Ratti, anotamos estas líneas finales. El otro era Ernesto Sábato, pluma esencial de la teoría de los dos demonios en su prólogo al “informe” de la CONADEP. Tanto como no dudamos de los testimonios recogidos, aborrecemos esa conclusión, precisamente aborrecida por aquellos testimonios.
Y asi, objetivamente como deben verse las cosas, a Borges, el otro contertulio, le cabe una magnífica sentencia que es como asesina de su propia figura, pero elocuente en lo general

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios que salva el metal, salva la escoria.

Aún sin creencia alguna, la consideramos apropiada a nuestros luminosos hermanos caídos con la dignidad incorruptible de algunos metales, desafortunadamente contiguos a la escoria como José Baravalle, El Pollo. Puede ser que alguien diga “dime qué citas y te diré cuánta razón tienes”. No importa, en todo caso, Borges es el que más conviene, por certero a su pesar, y porque ¿qué quieren? ¿que ensuciemos a Bertoldt Brecht malgastándolo con estas ratas?.

 

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